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El editor de la revista ISLAS de Cuba - Misael Moya - estudioso de la musica popular Hispanoamericana y autor de varios libros sobre el tema, encomendó al autor de este sitio web que escribiera un artículo sobre RAPHAEL- a proposito de su cuarenta aniversario artistico - que fue publicado en el número 130 de la revista en diciembre de 2001, y que puede leerse a continuación:

Islas


PARA LA HISTORIA DE LA BALADA HISPANOAMERICANA:
INTRODUCCIÓN A LA LEYENDA VIVIENTE DE RAPHAEL DE ESPAÑA


Luis Alejandro Navas Iannini


Reseña histórica



El 3 de noviembre de 1965 se partió en dos la historia de la música popular en español. Ese día —o mejor, esa noche—, por primera vez, un joven cantante que tres años antes —siendo casi un desconocido— había barrido con todos los premios del Festival de la Canción de Benidorm, ofreció un concierto en solitario ante un público expectante que abarrotó el Teatro de la Zarzuela, en Madrid, en medio de la incredulidad de la crítica especializada.

El atrevido joven era Rafael Miguel Martos Sánchez, conocido artísticamente como Raphael. El show comenzó con la premonitoria canción Un largo camino (La longue marche) y continuó con otras casi treinta canciones. La apoteosis fue de magnitudes no vividas anteriormente, que tuvo momentos mágicos, como cuando un foco de luz partió en dos su figura con un brazo levantado mientras interpretaba ¡Brillaba!, o durante la carcajada enloquecida al final de la canción La noche de Salvatore Ádamo. Podría decirse que a partir de esa noche Raphael y su público establecieron una mutua entrega incondicional, que treinta y cinco años después se mantiene intacta.  

Unos años atrás, cuando en alguna sala de fiestas cantaba Inmensidad, una de las primeras canciones que para él había escrito Manuel Alejandro —el formidable compositor español, autor de muchos de sus éxitos—, el público comenzó a bailar cómo era habitual en esa época. Raphael, que por entonces tenía poco más de quince años, los mandó a sentar pues a él tenían que prestarle atención mientras cantaba.

Así comenzaba Raphael a ser el «primer cantante que…», el pionero absoluto de la música moderna en español. Unas semanas después del concierto del Teatro de la Zarzuela, apareció en las discotiendas el villancico La canción del tamborilero, que ha sido el disco más vendido en la historia del mercado musical español. La popularidad de Raphael se disparó a niveles desconocidos para la época. Comenzaron a crearse por decenas los clubes de fans y a venderse sus discos como pan caliente. Después vino su paso por el Festival de Eurovisión donde acabó de cimentar su creciente popularidad y comenzó a ser conocido en el resto de Europa, lo que lo llevó a grabar en inglés, italiano, francés y alemán, y a pisar los mas famosos escenarios tales como el Olimpia en París o el Talk of the Town en Londres.

Por esa época —mediados de los sesenta— algunas jóvenes estrellas del canto español como Marisol y Rocío Dúrcal se habían hecho célebres con sus películas musicales. Raphael no podía escapar a esa corriente, que a su vez iba muy bien con su vena artística y constituía un excelente complemento para su éxito discográfico. Fue así como protagonizó cerca de una decena de películas entre las que se destacan Cuando tú no estás, Digan lo que digan, El golfo y Sin un adiós, entre otras, en las que fuera dirigido por reconocidas personalidades del cine español como Mario Camus y Vicente Escrivá.

Fue precisamente gracias a la pantalla grande que se dio a conocer en America, continente que le abrió inmediatamente sus brazos y adoptó como hijo propio.
En Norteamérica debutó en 1967 ante 48 000 espectadores en el Madison Square Garden de Nueva York, y apareció durante tres semanas en el «Ed Sullivan Show». Este presentador fue el primero que dijo que lo que más le impresionaba de Raphael era su capacidad de emocionarse al cantar y a su vez emocionar al auditorio.

El primer contacto del artista con Hispanoamérica no tiene parangón. Los recibimientos multitudinarios en los aeropuertos de Buenos Aires, México, Santiago, Lima, Bogotá, Caracas, etcétera, eran envidiados por los políticos de la época. Se inició así una relación que, como ha dicho el propio Raphael, lleva cuarenta años de amor recíproco. Los clubes de fans se propagaron por todo el continente. Sus discos llenaban las tiendas. Sus canciones no cesaban de sonar en la radio. Su aparición en revistas duplicaba las ventas. Su vida apareció contada en fascículos semanales.

Sus discos fueron éxito tras éxito, canciones como Yo soy aquel, Cuando tú no estás, Hablemos del amor, Digan lo que digan, Desde aquel día, Estuve enamorado,  Mi gran noche, Balada de la trompeta y Ave María, entre muchas otras, copaban la programación de las radioemisoras de América y España en los últimos años de la década de los sesenta.

El éxito de Raphael en América abrió las puertas a los cantantes españoles que comenzaban sus carreras por esa época. Fue así como Joan Manuel Serrat, Julio Iglesias, Juan Pardo, Rocío Jurado y una interminable lista, siguieron la huella del artista andaluz.

Después vendrían presentaciones en Rusia, Japón, Australia... y giras anuales por las Américas que se han sucedido interrumpidamente durante las últimas cuatro décadas. En los setenta fue el primer artista en hacer teatro musical, en especiales para la televisión como «El mundo de Raphael», donde interpretó obras cómo Oliver y Billy el mentiroso. El éxito de estas interpretaciones desató una fiebre por este tipo de obras en España, donde años más tarde se estrenarían otras como Jesucristo Superstar, protagonizada por Camilo Sesto, y Evita, estelarizada por Paloma San Basilio.

 La radio en vivo no fue ajena al éxito de Raphael. En ella hizo un programa semanal durante dos años para la cadena SER, «El Raphael Show», en compañía de su esposa, la reconocida escritora Natalia Figueroa. También durante esta década fue el artista invitado a los conciertos presididos por doña Carmen Polo de Franco —esposa del dictador español—, y unos años después a los de los Reina Sofía.

En esta década Raphael grabó baladas eternas, como Aleluya del silencio, Le llaman Jesús, Te estoy queriendo tanto, A veces llegan cartas, Los amantes,  Amor mío, Van a nacer dos niños y El gondolero. También grabó a comienzos de la década un Larga Duración totalmente en inglés, FROM HERE ON… Mientras tanto, en España aparecían baladistas y grupos como Nino Bravo, Mocedades y José Luis Perales (este último, años después compondría una treintena de canciones para Raphael).

Llegaron los ochenta, que comenzaron con una inolvidable temporada en Madrid, en el Teatro Monumental, para celebrar sus veinte años en escena, y de cuyos recitales se hizo un doble Larga Duración en directo (en vivo). Cinco años más tarde, en sus bodas de plata, hace un show en el estadio Santiago Bernabeu de Madrid ante 114 000 personas. En México hace en directo un programa radial de doce horas. Siguen las giras anuales por España e Hispanoamérica, donde es invitado especial al Festival de la Canción de Viña del Mar, interrumpidas solo por viajes a Rusia, Japón o Norteamérica. Durante estos años graba éxitos como ¿Qué tal te va sin mí?, Como yo te amo, Estar enamorado, En carne viva, Qué sabe nadie, Yo sigo siendo aquel, Toco madera y Siempre estás diciendo que te vas. Mientras tanto, en España aparecen Miguel Bosé, Los Pecos, Mecano (con Ana Torroja) y se desata la fiebre del rock en español con grupos como Hombres G y Los Toreros Muertos.

La década de los noventa se abre para Raphael con los éxitos Maravilloso corazón, maravilloso y Te voy a echar al olvido,  a los que se suman grabaciones como Tío, tío (poupurrit andaluz), Tarántula, Escándalo, Desde el fondo de mi alma, Sin ataduras y Mujeres, así cómo nuevas versiones de sus éxitos de antaño. Canta por vigésima vez en el Carnegie Hall de Nueva York y es recibido como un verdadero ídolo por el público ruso. En su treinta y cinco aniversario hace un especial para Televisión Española, con invitados especiales con los que cantó a dúo. En ese programa, Julio Iglesias —con quien interpretó Somos— confesó públicamente que en sus comienzos él quería ser Raphael. Fue tal el éxito del show que desde entonces hace un especial de ese estilo dos veces por año, que se transmite en directo para toda España y América. En 1998 publicó el libro autobiográfico ¿Y mañana qué?, donde cuenta —narrado en primera persona— la primera parte de sus memorias en más de quinientas páginas. Paralelamente, en España aparecen cantantes y grupos cómo Presuntos implicados, Alejandro Sanz, Ella Baila Sola, Héroes del Silencio, y Rosana.

En otoño del año 2000 Raphael estrenó en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid el musical Jekyll & Hyde, de Leslie Bricusse y Frank Wildhorn,  en donde interpreta simultáneamente a los dos personajes protagónicos, y hace, en un final antológico, un dúo consigo mismo en la canción Confrontación, con el que consiguió llevar al delirio a los millares de espectadores que abarrotaron el teatro durante los seis meses que la obra estuvo en cartelera. También este siglo XXI comenzó para Raphael con un disco revolucionario en su carrera, MALDITO RAPHAEL, donde interpreta en «clave de dance» éxitos discotequeros de los ochenta, acompañado por otros artistas, disco que ha vendido sólo en España cerca del medio millón de copias.



Versatilidad y trascendencia



Artista «desde que su madre lo parió», Raphael nació por y para el escenario. Es allí donde en contacto con su público se encuentra más a gusto, y se entrega en forma total al auditorio, sin hacer diferencia entre el teatro de alguna lejana provincia de Hispanoamérica o el Olympia de París. Es y ha sido el eterno debutante durante cuatro décadas. Desde hace ya unos cuantos años, cuando Raphael aparece en el escenario, el público lo aplaude puesto de pie durante varios minutos antes de comenzar a cantar, tal vez como reconocimiento a su trayectoria; a lo que él corresponde con cuarenta canciones cantadas durante cerca de tres horas, algunas de ellas «a capella».

La versatilidad del artista no conoce límites, un concierto suyo puede incluir —además de sus famosas baladas—, boleros, canciones hispanoamericanas, tangos, rancheras, salsa, teatro músical, rap, dance, merengue, folclor Andaluz  y alguna que otra canción en inglés, italiano o francés.

Imitado e inimitable, único e irrepetible, Raphael tiene —más allá de la potencia y color de su voz—, características propias que lo identifican: siempre vestido de negro, para resaltar la expresión de sus manos y el rostro, hace de cada tema musical una pequeña obra de teatro, con gran alarde de una gestualidad propia del actor que es, e imprimiendo a cada interpretación su sello personal.

Él y sólo él hace un mutis del escenario después de cada canción y deja al público varios minutos aplaudiéndolo sin cantar, entrando y saliendo del escenario cuantas veces él lo quiere. Él y sólo él baila desde canciones Andaluzas hasta tonadas hispanoamericanas acompañadas por un poncho y una guitarra. Él y sólo él rompe un espejo, un vaso, o le canta a una silla vacía, si así lo requiere la canción, y porque así él lo siente y lo interpreta. Él y sólo él lanza lejos el micrófono cuando así le apetece, y su garganta compite con una trompeta, llenando con su voz todos los rincones del teatro.

Y es que la razón del éxito y vigencia de Raphael, quien es el cantante activo más veterano en la actualidad (aunque no el mayor en edad), radica, mas allá de que haya grabado noventa discos, o realizado nueve películas, o vendido más de sesenta millones de discos en su carrera (tiene el único disco de uranio que se ha dado en el mundo por la venta de cincuenta millones de placas), o pisado los más famosos teatros de los cinco continentes, en la empatía total que logra con su público en los conciertos «en directo».

Hay que vivir un concierto en vivo del artista de Linares para entender esa increíble sintonía que consigue con el respetable nada más pisar el escenario, y que se extiende por las más de dos horas que dura el espectáculo, situación que ha venido repitiéndose día tras día, concierto tras concierto desde aquel mágico 3 de noviembre de 1965, y que ya se percibía desde sus primeras actuaciones, cuando —apenas un adolescente— luchaba por abrirse paso en las salas de fiestas del Madrid de comienzos de los sesenta, mientras pasaba «de la niñez a los asuntos, de la niñez a mi garganta», cómo quedo plasmado en esa balada autobiográfica que le escribiera don Manuel Alejandro y que lleva por título Volveré a nacer.

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