Reseña histórica
El 5 de noviembre de 1965 se partió en dos la historia de la
música popular en español. Ese día —o mejor,
esa noche—, por primera vez, un joven cantante que tres años
antes —siendo casi un desconocido— había barrido
con todos los premios del Festival de la Canción de Benidorm,
ofreció un concierto en solitario ante un público expectante
que abarrotó el Teatro de la Zarzuela, en Madrid, en medio de
la incredulidad de la crítica especializada.
El atrevido joven era Rafael Miguel Martos Sánchez, conocido
artísticamente como Raphael. El show comenzó con la premonitoria
canción Un largo camino (La longue marche) y continuó
con otras casi treinta canciones. La apoteosis fue de magnitudes no
vividas anteriormente, que tuvo momentos mágicos, como cuando
un foco de luz partió en dos su figura con un brazo levantado
mientras interpretaba ¡Brillaba!, o durante la carcajada
enloquecida al final de la canción La noche de Salvatore
Ádamo. Podría decirse que a partir de esa noche Raphael
y su público establecieron una mutua entrega incondicional, que
treinta y cinco años después se mantiene intacta.
Unos años atrás, cuando en alguna sala de fiestas cantaba
Inmensidad, una de las primeras canciones que para él
había escrito Manuel Alejandro —el formidable compositor
español, autor de muchos de sus éxitos—, el público
comenzó a bailar cómo era habitual en esa época.
Raphael, que por entonces tenía poco más de quince años,
los mandó a sentar pues a él tenían que prestarle
atención mientras cantaba.
Así comenzaba Raphael a ser el «primer cantante que…»,
el pionero absoluto de la música moderna en español. Unas
semanas después del concierto del Teatro de la Zarzuela, apareció
en las discotiendas el villancico La canción del tamborilero,
que ha sido el disco más vendido en la historia del mercado musical
español. La popularidad de Raphael se disparó a niveles
desconocidos para la época. Comenzaron a crearse por decenas
los clubes de fans y a venderse sus discos como pan caliente. Después
vino su paso por el Festival de Eurovisión donde acabó
de cimentar su creciente popularidad y comenzó a ser conocido
en el resto de Europa, lo que lo llevó a grabar en inglés,
italiano, francés y alemán, y a pisar los mas famosos
escenarios tales como el Olimpia en París o el Talk of the Town
en Londres.
Por esa época —mediados de los sesenta— algunas jóvenes
estrellas del canto español como Marisol y Rocío Dúrcal
se habían hecho célebres con sus películas musicales.
Raphael no podía escapar a esa corriente, que a su vez iba muy
bien con su vena artística y constituía un excelente complemento
para su éxito discográfico. Fue así como protagonizó
cerca de una decena de películas entre las que se destacan Cuando
tú no estás, Digan lo que digan, El golfo y Sin un adiós,
entre otras, en las que fuera dirigido por reconocidas personalidades
del cine español como Mario Camus y Vicente Escrivá.
Fue precisamente gracias a la pantalla grande que se dio a conocer en
America, continente que le abrió inmediatamente sus brazos y
adoptó como hijo propio.
En Norteamérica debutó en 1967 ante 48 000 espectadores
en el Madison Square Garden de Nueva York, y apareció durante
tres semanas en el «Ed Sullivan Show». Este presentador
fue el primero que dijo que lo que más le impresionaba de Raphael
era su capacidad de emocionarse al cantar y a su vez emocionar al auditorio.
El primer contacto del artista con Hispanoamérica no tiene parangón.
Los recibimientos multitudinarios en los aeropuertos de Buenos Aires,
México, Santiago, Lima, Bogotá, Caracas, etcétera,
eran envidiados por los políticos de la época. Se inició
así una relación que, como ha dicho el propio Raphael,
lleva cuarenta años de amor recíproco. Los clubes de fans
se propagaron por todo el continente. Sus discos llenaban las tiendas.
Sus canciones no cesaban de sonar en la radio. Su aparición en
revistas duplicaba las ventas. Su vida apareció contada en fascículos
semanales.
Sus discos fueron éxito tras éxito, canciones como Yo
soy aquel, Cuando tú no estás, Hablemos del amor, Digan
lo que digan, Desde aquel día, Estuve enamorado, Mi gran
noche, Balada de la trompeta y Ave María, entre muchas otras,
copaban la programación de las radioemisoras de América
y España en los últimos años de la década
de los sesenta.
El éxito de Raphael en América abrió las puertas
a los cantantes españoles que comenzaban sus carreras por esa
época. Fue así como Joan Manuel Serrat, Julio Iglesias,
Juan Pardo, Rocío Jurado y una interminable lista, siguieron
la huella del artista andaluz.
Después vendrían presentaciones en Rusia, Japón,
Australia... y giras anuales por las Américas que se han sucedido
interrumpidamente durante las últimas cuatro décadas.
En los setenta fue el primer artista en hacer teatro musical, en especiales
para la televisión como «El mundo de Raphael», donde
interpretó obras cómo Oliver y Billy el mentiroso. El
éxito de estas interpretaciones desató una fiebre por
este tipo de obras en España, donde años más tarde
se estrenarían otras como Jesucristo Superstar, protagonizada
por Camilo Sesto, y Evita, estelarizada por Paloma San Basilio.
La radio en vivo no fue ajena al éxito de Raphael. En ella
hizo un programa semanal durante dos años para la cadena SER,
«El Raphael Show», en compañía de su esposa,
la reconocida escritora Natalia Figueroa. También durante esta
década fue el artista invitado a los conciertos presididos por
doña Carmen Polo de Franco —esposa del dictador español—,
y unos años después a los de los Reina Sofía.
En esta década Raphael grabó baladas eternas, como
Aleluya del silencio, Le llaman Jesús, Te estoy queriendo tanto,
A veces llegan cartas, Los amantes, Amor mío, Van a nacer
dos niños y El gondolero. También grabó a comienzos
de la década un Larga Duración totalmente en inglés,
FROM HERE ON… Mientras tanto, en España aparecían
baladistas y grupos como Nino Bravo, Mocedades y José Luis Perales
(este último, años después compondría una
treintena de canciones para Raphael).
Llegaron los ochenta, que comenzaron con una inolvidable temporada en
Madrid, en el Teatro Monumental, para celebrar sus veinte años
en escena, y de cuyos recitales se hizo un doble Larga Duración
en directo (en vivo). Cinco años más tarde, en sus bodas
de plata, hace un show en el estadio Santiago Bernabeu de Madrid ante
114 000 personas. En México hace en directo un programa radial
de doce horas. Siguen las giras anuales por España e Hispanoamérica,
donde es invitado especial al Festival de la Canción de Viña
del Mar, interrumpidas solo por viajes a Rusia, Japón o Norteamérica.
Durante estos años graba éxitos como ¿Qué
tal te va sin mí?, Como yo te amo, Estar enamorado, En carne
viva, Qué sabe nadie, Yo sigo siendo aquel, Toco madera y Siempre
estás diciendo que te vas. Mientras tanto, en España
aparecen Miguel Bosé, Los Pecos, Mecano (con Ana Torroja) y se
desata la fiebre del rock en español con grupos como Hombres
G y Los Toreros Muertos.
La década de los noventa se abre para Raphael con los éxitos
Maravilloso corazón, maravilloso y Te voy a echar al olvido,
a los que se suman grabaciones como Tío, tío (poupurrit
andaluz), Tarántula, Escándalo, Desde el fondo de mi alma,
Sin ataduras y Mujeres, así cómo nuevas versiones
de sus éxitos de antaño. Canta por vigésima vez
en el Carnegie Hall de Nueva York y es recibido como un verdadero ídolo
por el público ruso. En su treinta y cinco aniversario hace un
especial para Televisión Española, con invitados especiales
con los que cantó a dúo. En ese programa, Julio Iglesias
—con quien interpretó Somos— confesó
públicamente que en sus comienzos él quería ser
Raphael. Fue tal el éxito del show que desde entonces hace un
especial de ese estilo dos veces por año, que se transmite en
directo para toda España y América. En 1998 publicó
el libro autobiográfico ¿Y mañana qué?,
donde cuenta —narrado en primera persona— la primera parte
de sus memorias en más de quinientas páginas. Paralelamente,
en España aparecen cantantes y grupos cómo Presuntos implicados,
Alejandro Sanz, Ella Baila Sola, Héroes del Silencio, y Rosana.
En otoño del año 2000 Raphael estrenó en el Teatro
Nuevo Apolo de Madrid el musical Jekyll & Hyde, de Leslie Bricusse
y Frank Wildhorn, en donde interpreta simultáneamente a
los dos personajes protagónicos, y hace, en un final antológico,
un dúo consigo mismo en la canción Confrontación,
con el que consiguió llevar al delirio a los millares de espectadores
que abarrotaron el teatro durante los seis meses que la obra estuvo
en cartelera. También este siglo XXI comenzó para Raphael
con un disco revolucionario en su carrera, MALDITO RAPHAEL, donde interpreta
en «clave de dance» éxitos discotequeros de los ochenta,
acompañado por otros artistas, disco que ha vendido sólo
en España cerca del medio millón de copias.
Versatilidad y trascendencia
Artista «desde que su madre lo parió», Raphael nació
por y para el escenario. Es allí donde en contacto con su público
se encuentra más a gusto, y se entrega en forma total al auditorio,
sin hacer diferencia entre el teatro de alguna lejana provincia de Hispanoamérica
o el Olympia de París. Es y ha sido el eterno debutante durante
cuatro décadas. Desde hace ya unos cuantos años, cuando
Raphael aparece en el escenario, el público lo aplaude puesto
de pie durante varios minutos antes de comenzar a cantar, tal vez como
reconocimiento a su trayectoria; a lo que él corresponde con
cuarenta canciones cantadas durante cerca de tres horas, algunas de
ellas «a capella».
La versatilidad del artista no conoce límites, un concierto suyo
puede incluir —además de sus famosas baladas—, boleros,
canciones hispanoamericanas, tangos, rancheras, salsa, teatro músical,
rap, dance, merengue, folclor Andaluz y alguna que otra canción
en inglés, italiano o francés.
Imitado e inimitable, único e irrepetible, Raphael tiene —más
allá de la potencia y color de su voz—, características
propias que lo identifican: siempre vestido de negro, para resaltar
la expresión de sus manos y el rostro, hace de cada tema musical
una pequeña obra de teatro, con gran alarde de una gestualidad
propia del actor que es, e imprimiendo a cada interpretación
su sello personal.
Él y sólo él hace un mutis del escenario después
de cada canción y deja al público varios minutos aplaudiéndolo
sin cantar, entrando y saliendo del escenario cuantas veces él
lo quiere. Él y sólo él baila desde canciones Andaluzas
hasta tonadas hispanoamericanas acompañadas por un poncho y una
guitarra. Él y sólo él rompe un espejo, un vaso,
o le canta a una silla vacía, si así lo requiere la canción,
y porque así él lo siente y lo interpreta. Él y
sólo él lanza lejos el micrófono cuando así
le apetece, y su garganta compite con una trompeta, llenando con su
voz todos los rincones del teatro.
Y es que la razón del éxito y vigencia de Raphael, quien
es el cantante activo más veterano en la actualidad (aunque no
el mayor en edad), radica, mas allá de que haya grabado noventa
discos, o realizado nueve películas, o vendido más de
sesenta millones de discos en su carrera (tiene el único disco
de uranio que se ha dado en el mundo por la venta de cincuenta millones
de placas), o pisado los más famosos teatros de los cinco continentes,
en la empatía total que logra con su público en los conciertos
«en directo».
Hay que vivir un concierto en vivo del artista de Linares para entender
esa increíble sintonía que consigue con el respetable
nada más pisar el escenario, y que se extiende por las más
de dos horas que dura el espectáculo, situación que ha
venido repitiéndose día tras día, concierto tras
concierto desde aquel mágico 5 de noviembre de 1965, y que ya
se percibía desde sus primeras actuaciones, cuando —apenas
un adolescente— luchaba por abrirse paso en las salas de fiestas
del Madrid de comienzos de los sesenta, mientras pasaba «de la
niñez a los asuntos, de la niñez a mi garganta»,
cómo quedo plasmado en esa balada autobiográfica que le
escribiera don Manuel Alejandro y que lleva por título Volveré
a nacer.